
El viaje no duró demasiado y me sentí un poco decepcionada, pues esperaba que nos llevaran lejos desierto adentro. Pero pronto mi desilusión se tornó excitación cuando vi todo ese valle de dunas infinitas. Nunca imaginé que me sentiría de esa manera ante semejante paisaje. De verdad, a mi siempre me gustaron mucho los paisajes verdes: bosques, selvas, montañas, etc. Nunca me sentí especialmente atraída por el desierto y me alegro muchísimo de haber descubierto lo muchísimo que me gusta. Las dunas apelotonadas unas contra otras, suaves… recordándome un mar rizado y dorado.

La primera parte del safari consistió en un recorrido entre las dunas en 4x4. Era un poco como estar en tu montaña rusa particular. Subiendo y bajando las dunas, poniendo el 4x4 en ángulos imposibles. Me alucinó sinceramente la habilidad que tenían los conductores para manejarse en la arena, ¡con lo chungo que es!
Me acordé, y me acuerdo ahora mientras escribo, de nuestra aventura en Fraser Island, la isla de arena más grande del mundo.

La foto la tomé desde un coche que se movía como este, de ahí la falta de enfoque y las motitas
Luego nos llevaron a hacer sandsurf o algo así, que consistía en tirarte duna abajo sobre una tabla de surf y aguantar de pie todo lo posible mientras tus compañeros ríen y aplauden. Por supuesto yo lo hice de las primeras! No es que me parezca algo supermega emocionante como tirarme en paracaídas, pero fue una experiencia nueva y eso es si ya es interesante.

Antes del anochecer nos llevaron a una especie de campamento para turistas. Algunos de mis compañeros fueron a montar en camello. A mi no me parece excitante subirme encima de un animal al que deben tener explotado a trabajar para recorrer unos metros y así poder decir que he montado en camello. Otros de mis compañeros disfrutaron poniéndose las ropas tradicionales árabes en un puestecito donde te hacían fotos con el atuendo para luego vendértelas. Yo fui directamente al puesto donde estaban preparando el dulce tradicional (tradicional de a saber dónde, digo yo…) Era como una pelotilla hecha de lo mismo que los churros y las porras que cubrían de miel. Una maravillosa bomba de grasa y azúcar que estaba que llorabas de rica.
Habían montado un escenario gigante cubierto de alfombras espantosas y habían colocado mesas alrededor, con sus cojines, para que te sintieras como muy de la tierra o algo así. xD

Lo mejor de la velada fue la comida (cantidades ingentes de barbacoa, ensaladas y verduras) y la danza. En realidad hubo dos danzas. La primera fue una típica danza del vientre realizada por una señora que ni mucho menos era árabe, que sacó a bailar a todas las rumanas de mi grupo.
La segunda fue una pasada. Apareció un hombre joven y atractivo que llevaba lo que parecía un vestido tradicional (aunque tampoco se de dónde) y empezó a dar vueltas sobre si mismo. No tengo idea de cuánto tiempo estuvo dando vueltas sin parar, pero no fueron menos de cinco minutos. Paró (y ni se tambaleaba!) y luego siguió dando vueltas otra vez. El asunto es que, con las vueltas, los faldones del vestido (que tenía mucho vuelo) parecían estar bailando al ritmo de la música.

Luego y sin parar de dar vueltas, se quitó e primer faldón (eso era como una cebolla, lleno de capas y capas) y empezó a darle vueltas con la mano (mientras él seguía dando vueltas sobre si mismo). De repente (ya era de noche) se iluminaron los faldones, dibujando miles de circunferencias lumínicas. ¡Estéticamente era una pasada de ver! Saqué muchísimas fotos y era muy difícil por la poquísima luz y el incesante movimiento del bailarín.

Me quedé con muchísimas ganas de montarme un campamento en el desierto por mi cuenta. Sin camellos, sin turistas… solo Zor, yo, las dunas y las estrellas. :)


