Nos comentaron que cerca del hotel había un mercado de artesanía, pero yo tenía mucha hambre y mucho sueño (había dormido solo dos horas antes del vuelo) así que me duché, me cambié y me fuí con un compañero a comer. Preguntamos en recepción por un restaurante de comida local.
En el trayecto en taxi, noté que Accra es mucho menos pobre que lo que recordaba de Dar es Salaam, con edificios más grandes y más altos y carreteras un poco mejor asfaltadas.
Cuando llegamos vi un edificio bajo de madera, al borde de la carretera. Tenía pinta de ser el sitio perfecto donde probar algo de la tierra, justo lo que buscaba. Me quedé alucinada cuando nos abrieron la puerta y nos dirigieron a una mesita de madera como si estuvieramos en un restaurante de cinco estrellas. Ójala dieran un trato así más amenudo, de verdad. En la mesa había un bote de jabón verde tipo Fairy y nos preguntamos qué haría allí. La respuesta llegó enseguida, en forma de barreño lleno de agua. Era para lavarse las manos en la mesa. Aprecio muchísimo esos pequeños detalles que caracterizan las costumbres locales de los sitios a los que viajo!
Después de marear al pobre camarero preguntándole qué era cada plato de la carta, le pedimos que nos trajera lo que le diera la gana que estuviera rico. A mi me trajo uno de los pescados más ricos que he comido en la vida y un plato con una especie de mezcla de verduras machacadas, que creo que incluia espinacas, de sabor fuerte y diferente a todo lo que he probado hasta ahora. Nos trajeron también una especie de tubérculo parecido a la batata, muy blanco, muy seco y muy denso que nos comimos como si fuera la carne más tierna y jugosa del mundo!
Hace unos años, jamás habría comido nada de lo que había en la mesa, salvo quizás el pescado. Ahora me encanta probar cosas nuevas. :)



